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miércoles, 24 de mayo de 2017

El País:‘Yo, gorda’: los complejos saltan de la báscula al cómic


Cuando hace unos años el sobrepeso mató a su padre de 58 años, Meritxell Bosch (Los Teques, Venezuela, 1982), que había llegado a ver en su báscula más allá de los 100 kilos, se puso un objetivo: "Tenía que adelgazar. No por el físico ni porque me sintiera mal conmigo misma. Yo estaba encantadísima con mis chichas. Pero era cuestión de salud. Las palabras del médico cuando nos dio el diagnóstico de mi padre se me quedaron grabadas". Esa lucha prosperó. Bosch perdió alrededor de 50 kilos. Pero, le faltaba algo por hacer. Esta dibujante catalana nominada al Eisner por sus tebeos infantiles quería narrar su relato como mejor lo entiende: en viñetas. Así nació Yo, gorda, nombre autoexplicativo de su primer cómic autobiográfico editado por La Cúpula.

"Lo he hecho en mis ratos libres, mientras hacía otras labores en las que me pagaban. No es un cómic alimenticio. Yo misma avisé a la editorial de que tal y como se paga el cómic en España, no lo podría entregar rápido. Tengo que vivir, tengo un hijo pequeñito que alimentar y la situación aquí no es fácil. Entretanto, escribí tres novelas gráficas para EE UU, hice varias colaboraciones fuera, daba clases en la escuela Joso... Vivir solo del cómic sigue siendo difícil", cuenta por teléfono desde Sabadell Bosch, que en 2015 se convirtió en la primera autora española en ser candidata a los llamados Oscar del cómic por BirdCatDog, editado al otro lado del charco: "Mi trabajo siempre es personal, pero Yo, Gorda ha estado conmigo durante años".

Esta es la primera vez que publica en España, y pese a su timidez, poco a poco, está empezando a acostumbrarse a que le pregunten, si bien avisa de que todavía le cuesta mucho. Sin embargo, no para de reírse. Su pasión se hace notar. Porque está volcada en lo que más le gusta hacer.

Tras ilustrar mundos de ensueño, animales y cuentos de fantasía, Bosch utiliza sus ilustraciones como una puerta a un mundo más sombrío, más real que cualquiera de sus anteriores trabajos, y no solo por el sobrepeso: sus citas con la psicóloga, las imposiciones de su madre, los abusos de su padre... Su viaje está cargado de altibajos, aunque tampoco se olvida de los momentos más dulces, de amor y amistad. "Tienes que narrar tu historia, pero lo haces viéndola desde fuera. Lo difícil es tratarlos como si fueran personajes que no conoces. Montarlo poco a poco. Todo es real, pero soy yo y no soy yo. Porque la vida no tiene una narración lógica", reflexiona.

Bosch ha conseguido hoy ver esa época como un capítulo pasado de su vida: "Al adelgazar, te das cuenta de que muchísimas cosas te faltaban y ahora tienes. Aunque en realidad tengo más complejos ahora que cuando estaba gorda. Te exigen que te maquilles, que te arregles, que seas una persona exteriormente bella, teñida, sin descuidar... Nos bombardean con esa información. Y lo noto mucho más en los jóvenes. Yo tengo 35 años y si salgo un día sin maquillar o en chándal, me da igual. Pero ellas siempre tienen que estar al máximo". Así, su cómic manda un mensaje a las lectoras que cojan el tomo mientras se plantean los mismos problemas de baja autoestima y complejos que ella atravesó: "Si te arreglas o si te quieres sentir guapa, no lo hagas para gusta a un hombre o una mujer. Hazlo solo porque te gusta. Si con este cómic puedo ayudar a alguien con bulimia o despreciado por los demás a que cambie el chip, encantada. La vida es corta. Hay que disfrutarla".

Bosch ha encontrado el mismo rechazo que con el aspecto físico también cuando explica cuál es su profesión: "En España los ilustradores seguimos siendo los frikis, 'unos pintamonas' todavía mal vistos. Alguna vez cuando digo que soy dibujante de cómic y se ríen de mí. Sí, ha cambiado, pero, incluso en el mundillo, siempre me han echado atrás por mi estilo. Me decían que mi dibujo no era igual a nada, por lo que no sabían si venderían. Eso que es una virtud en un dibujante, esa curiosidad, diferencia y descubrimiento, no se acepta en el mercado. Por eso tuve que salir fuera. Nadie iba a arriesgarse". Y Bosch sigue arriesgando, preparando en nuevas obras "basadas en hechos reales" que lanzará "con mucha tranquilidad". Entre ellas, Barrio Rojo, un proyecto con el que comenzó hace cinco años sobre la infancia de su padre en Venezuela.

Sus intimidades más profundas siguen reflejándose así en la página, desde vomitar en el baño a su primera experiencia sexual. Una especie de diván de psicólogo en viñetas. Aunque, pese a abrirse así ante su público, Bosch reconoce que todavía le cuesta hablar de sí misma y salir del estudio que tiene en su casa para explicar su trabajo y compartirlo con otros: "Solo me importa que guste. Como persona no importa nada quien sea o deje de ser. No le veo relevancia". Huye de las redes y de su "egocentrismo". Y es que, al final, solo quiere ser una persona más: "Me gustaría ser dibujante en la sombra. Hacer lo que quiera, cuando quiera y sin que nadie me moleste. Quiero evitar tener nombre. Solo vivir del dibujo, estar tranquilita y ser feliz con mis cositas. No me gusta ni el moderneo, ni el artisteo, ni el postureo. Quiero el anonimato, que no sepan nada de mí".