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miércoles, 14 de junio de 2017

ABC:Sarah Glidden: «El cómic puede añadir un poco de calidez al periodismo»


Un viaje a Turquía, Siria y el norte de Irak para hacer un reportaje sobre refugiados iraquíes junto con dos periodistas del proyecto de periodismo alternativo «Seattle Globalist» fue la base de «Oscuridades programadas», la nueva novela gráfica de Sarah Glidden (Boston, 1980). En ella une la investigación sobre las vidas de los refugiados a una profunda mirada sobre el periodismo.

–¿Su carrera empezó en el periodismo o en los cómics?

–Definitivamente en los cómics. Aunque antes de empezar a hacer cómics quise ser fotoperiodista, pero era demasiado tímida: le ponía el teleobjetivo a la cámara e intentaba fotografiar a gente desde el otro lado de la calle. Luego estudié Bellas Artes e hice algunos intentos con el arte contemporáneo y con el diseño gráfico. Entonces empecé a leer cómics de no ficción: leí «Maus», «Persépolis», a Joe Sacco… y me di cuenta de que los cómics podían tratar de cosas serias, del mundo. Al mismo tiempo, también fui leyendo cómics autobiográficos: Gabrielle Bell, James Kochalka… Kochalka hacía cada día un cómic breve sobre alguna pequeña cosa que le hubiera sucedido y me pareció una buena idea hacer algo así. Eventualmente me fui acercando al periodismo porque empecé a hacer cómics sobre las cosas que me interesaban, como la política. Y así surgió mi libro sobre Israel [«How to Understand Israel in 60 Days or Less», Vertigo, 2010]. Me fui de viaje a Israel pensando hacer un diario en cómic, dibujar cómics sobre lo que me sucediese en el viaje. No me lo planteé como periodismo –y aún no creo que cuente como tal– pero ya empezaba a hacer algunas de las cosas que iba a hacer más adelante como periodista: grabar conversaciones, tomar notas, hacer preguntas, investigar por mi cuenta. Con el periodismo siempre tienes en cuenta quién te está contando cada historia y por qué. Todo eso empecé a verlo en ese viaje, plantearme quién me estaba explicando las cosas, si estaban intentando manipularme, preguntarme qué era verdad y qué no. Mientras yo trabajaba en ese cómic, unos amigos míos empezaron un proyecto de periodismo alternativo llamado «Common Language Project» (actualmente «Seattle Globalist») y a través de ellos tuve otro punto de contacto con el periodismo. Por ello, les pregunté si me podía ir a un viaje con ellos. Y el proceso de creación de este cómic, viéndoles trabajar y haciendo periodismo sobre el periodismo, fue mi proceso de entrenamiento para ser una periodista de cómic.

–La pregunta sobre la que gira todo «Oscuridades programadas» es «¿para qué se hace periodismo?».

–Es algo que aún me pregunto y sobre lo que aún hablo con mis amigos. Cuando se empieza en el periodismo es muy común pensar que vas a cambiar el mundo, que vas a contar historias importantes. Que la gente va a leerlas y a pedir a los gobiernos que cambien sus políticas. Pero eso no sucede. Así que el porqué es la cuestión existencial del periodismo: te ocupa tanto tiempo y ocupas el tiempo de otras personas para que te cuenten sus vidas y se pongan en una posición vulnerable, incluso en peligro. Y no puedes garantizar que vaya a cambiar nada. Pienso que ese porqué tiene que ver con la fe: fe en que es importante que cuentes las historias, que estés ahí, para que luego la gente elija si leerlas o no.

–¿Cuáles han sido sus principales influencias?

–En el mundo de los cómics, Joe Sacco es por supuesto una inspiración, siendo el maestro del periodismo gráfico. Pero también me han influido otros periodistas, como Dexter Filkins, Elizabeth Kolbert y Lawrence Wright.

–¿La idea de hacer una novela gráfica que también tratase del periodismo estuvo presente desde el principio?

–Desde un primer momento. Cuando les pregunté a mis amigos del «Seattle Globalist» si podía ir con ellos en uno de sus viajes al extranjero, no sabía dónde sería. Estuve a punto de acompañarles a Pakistán, para un reportaje sobre educación, sobre las madrasas; si hubiera acabado la anterior novela gráfica un año antes habría ido allí y este cómic habría sido muy diferente. Pero para cuando hube terminado ya estaban preparando su siguiente viaje a Siria y el norte de Iraq para hablar de los refugiados. En principio era una idea muy sencilla: hacer un cómic sobre cómo funciona el periodismo. Fue al llegar allí y comenzar a escuchar las entrevistas que me di cuenta de que esas historias eran muchísimo más importantes que las de los periodistas. Me costó mucho trabajo decidir cómo incluirlas sin que pareciesen menos importantes que las de unos periodistas americanos.

–¿Qué aporta el formato del cómic al periodismo?

–Creo que puede añadir un poco de calidez a algo que no es nada cálido. Se trata de historias sobre seres humanos y, cuando seguimos un conflicto, a veces se acaba reduciendo a cosas que suceden: un bombardeo, las declaraciones de un político… Se pierden las historias individuales, de la gente normal, gente como tú y yo, con vidas corrientes, niños, un trabajo… Lo que yo intento es centrarme en esa gente: cómo es esa persona, cómo mueven las manos al hablar, los pequeños detalles de sus casas. Los cómics pueden hacer eso muy bien, pueden mostrar la personalidad, mostrar un escenario, un lugar. Pequeños detalles: por ejemplo, en Siria había retratos de Assad por todas partes. Era algo que yo quería mostrar y, si hubiera sido en un artículo o una novela en prosa, hubiera tenido que escribir «y sobre ellos colgaba un retrato de Assad», mientras que con la novela gráfica simplemente puedes ponerlo y el lector ir mirando, explorar ese mundo por su cuenta y fijarse en ello -o no fijarse-. Creas un medio en el que puedes sumergirte.

–¿Puede abrir también nuevos canales?
–Puede ser. Actualmente, la industria del periodismo aún se está acostumbrando a internet, con grandes dificultades y pésimos resultados. Los periódicos están siempre buscando nuevas formas de atraer lectores y creo que los cómics pueden ser una novedad que atraiga visitas. Hace cinco años, si le proponías un cómic de no ficción periodístico a un gran diario para su edición «online», te decían que no. Pero ahora están más interesados.

–¿Ha comparado«Oscuridades programadas» con los artículos que escribieron sus compañeros?

–No he comparado, en sí. Espero que alguna gente lea esos artículos y descubran otras facetas de estas historias. Pero quería intentar hacer algo diferente, porque este era un cómic sobre periodismo y quería mantenerlo en el instante presente, en la acción de entrevistar, de llegar a conocer al entrevistado, de ir a cenar a casa de su hermano. Qué sensaciones deja ese tipo de relación entre los periodistas y las personas objeto de sus reportajes.

–Supongo que dibujó mucho sobre la marcha.

–­Menos de lo que piensas. Tenía una grabadora encendida todo el tiempo, porque quería capturar las conversaciones reales. La mayor parte del diálogo en el cómic –salvo un par de momentos en los que no pude tener la grabadora encendida– están sacados de transcripciones. Y, además de la grabadora, tenía mi cámara, porque quería que los detalles fuesen correctos. Mi estilo es muy sencillo, pero específico, así que quería que los lugares diesen sensación de realidad. Quería que alguien de Damasco pudiese verlo y reconocer la esquina de qué calle estaba dibujando. Y cuando no podía sacar fotos, o si tenía más tiempo, dibujaba. Me di cuenta de que dibujar un retrato de alguien a quien estás entrevistando, o con quien estás pasando unas horas, ayuda a romper el hielo, a la gente le gusta verse dibujada.

–¿Cuál ha sido la parte de «Oscuridades programadas» que le ha resultado más difícil realizar?

–Es difícil representar la práctica del periodismo sin aburrir al lector. Pasamos muchas horas hablando con gente, eso es el periodismo. ¿Cómo puedo mostrar a estas personas y sus vidas como son, en tres dimensiones, a través de una entrevista? Esa fue mi pregunta principal.

–¿Con los refugiados, también rompía el hielo dibujarles?

–Hay mucha desconfianza hacia los periodistas hoy en día y a veces la gente está más a gusto con el periodismo en cómic, porque no lo ven como algo real y se sienten menos intimidados que con una cámara delante de la cara. Quizá en unos pocos años, cuando sea más común, también nos odiarán, pero por ahora no les importa que les dibujes. Como mucho te dicen que no les has sacado parecidos, o que les has dibujado muy viejos.

–Como muestra en el libro, el ser estadounidense también complicó las cosas. ¿Le chocaron las reacciones de la gente?

–No, tienen mucho sentido. Lo que me pareció interesante es que no había visto muchos artículos que mostrasen esa rabia. A veces pensamos en los refugiados simplemente como en víctimas: pasivos, sin rabia, simplemente derrotados y tristes. Pero están furiosos. Tienen consciencia, tienen sentimientos, saben quién les ha hecho eso, no son tontos. Quería incluir eso, y por ello lo puse en la primera página. Escribí esta novela gráfica para un público estadounidense y quería que un lector americano viese que le estaban señalando a él. Porque es fácil echarle las culpas a Bush, o al ejército, pero nosotros también estamos implicados, formamos parte del país y de la sociedad. Y toda la gente que me decía «odio América, te odio», al minuto siguiente me decía «bueno, no a ti. A tu gobierno». Los iraquíes que nos encontramos eran mucho más generosos a la hora de separar al gobierno del pueblo de lo que lo son los estadounidenses respecto a otros países. Muchos ven el gobierno de Irán y piensan que todos los iraníes son iguales. Y es una pena. Deberíamos tomar ejemplo de los refugiados y saber que la rabia es una cosa, pero que hay que ser consciente de con quién estás hablando.

–Me pareció interesante cómo muestra las limitaciones del periodismo. Que no siempre puedes llegar a conocer la verdad.

–Es importante que la gente sepa que un periodista respetable está haciendo todo lo que puede, pero no es Dios, no puede mirar dentro del corazón de alguien y saber la verdad. Tienes que presentar las cosas con responsabilidad, con sus peros. Decir que no conocemos toda la historia, pero te dejamos leer lo que sabemos. A veces vamos muy deprisa queriendo saber qué es cierto y qué no, si alguien es culpable o no. Y la mayor parte del tiempo la existencia humana es más complicada, hay sutilezas, la gente comete errores, miente por diversas razones. Es importante que comprendamos a la gente con esas incertidumbres. Quería mostrar eso y que los lectores tomasen sus propias decisiones. No me correspondía como narradora decir que creía que alguien estaba mintiendo. Quería que se sintieran en mi lugar y que dijesen «pues… no sé».

–La guerra en Siria estalló mientras estaba trabajando en el cómic. ¿Cómo le afectó?

–Me entristeció mucho. Conocimos mucha gente maravillosa en Siria y algunos no sabemos dónde están, qué les ha pasado. Todos los refugiados iraquíes de los que tengo noticia tuvieron que marcharse, de vuelta a Iraq (que aún no es un país seguro), o a Turquía, o a algún otro país. Fue un «shock», parecía un país estable cuando estuvimos allí. Y no estaba segura de cuándo añadir al cómic sobre ello. No estaba haciendo un reportaje sobre Siria, sino una novela gráfica sobre refugiados iraquíes. Pero quería mencionar lo que está sucediendo allí y cómo esa guerra hace que todo lo demás parezca quedarse pequeño. Pero consideré que el hecho de que algo grande y terrible esté sucediendo en Siria no convierte la historia de Iraq en algo menos importante. Si sólo nos fijamos en la cosa más grave que aparece en las noticias, nos olvidamos de todos los demás. Y eso es algo muy común. En el mundo están sucediendo muchas cosas y en Estados Unidos, en occidente, nos fijamos sólo en unas pocas.

–Si no es portada, no existe.

–Sí, no importa. Así que no me adentré mucho en lo que estaba pasando en Siria, pero pensé mucho en ello. Antes de ir a Siria no sabía mucho sobre el país y en parte es porque no recibíamos muchas noticias de allí antes de que empezase la guerra. No es del todo culpa del periodismo: era muy difícil conseguir un visado de periodista para Siria incluso antes de la guerra (ahora es imposible), los periodistas no podían moverse libremente, tenían que –como cuento en el cómic– estar en contacto con el gobierno y este tenía que aprobar lo que estaban haciendo; o podían hacer reportajes en secreto, pero poniéndose en grave peligro de ser acusado de espionaje. Por todo esto, no recibíamos muchas noticias de Siria, todo lo que sabíamos era que era «el Eje del Mal», que eran los malos. No sabíamos cómo vivía la gente. Y creo que es importante que la gente vea que Damasco era una gran ciudad, con universidades, edificios bonitos, gente amable, cafés que se parecían a los Starbucks… A veces, cuando los estadounidenses ven que ha estallado una guerra en un lugar remoto, les parece algo casi natural, piensan que ese país ya estaba antes casi en guerra. Un sirio al que conocimos nos contó que fue a Los Ángeles en un programa de intercambio de estudiantes y se llevó una foto en la que salía montado en camello, de cuando había estado de vacaciones en Palmira, y le enseñó la foto a su familia de acogida diciéndoles que era como iba al trabajo; y, como no sabían que Damasco era una gran ciudad, pensaron que era verdad, que era posible que los sirios viviesen en tiendas de campaña en el desierto. Así que era importante que este cómic mostrase Siria, Damasco, como un lugar normal, donde la gente vivía, tenía trabajos, iba al colegio. Y eso era algo que yo podía hacer respecto a esta guerra.

–¿Qué proyectos tiene para el futuro? ¿Seguirá con los cómics periodísticos?

–Sí, y ya estaba trabajando en cómics periodísticos cortos mientras trabajaba en «Oscuridades programadas». Voy a continuar con eso. Quiero centrarme en los asuntos que me apasionan y que necesitan atención, como el cambio climático y los derechos humanos.